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 Quest: Mi primer trabajo (Viaje desde el Castillo Negro)

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AutorMensaje
Bea R. Frei
Verdugo
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Ficha del personaje
Raza: Humano

MensajeTema: Quest: Mi primer trabajo (Viaje desde el Castillo Negro)   Lun Dic 22, 2014 7:47 pm

Salí del Castillo Negro al amanecer, tras despedirme de Frau Ardaerah, que salió a despedirme al portón y me entregó un regalo, pidiéndome que por favor no lo abriera antes de llegar a la próxima posada, y un mapa de la Facción Sur con anotaciones indicando las posadas que estaban avisadas sobre mi viaje. También tuvo la gentileza de indicarme dónde podría comprar un caballo.Llegué al lugar, y elegí un cabalo negro siguiendo la recomendación del tratante, pues yo no entendía nada sobre equinos. También compré una silla y las bridas, y pagué. Al llegar a Marley, primer pueblo de mi viaje varias jornadas, me cubrí el rostro con la máscara, y busqué la posada. La gente me miraba con extrañeza por las calles. Hallé el lugar cerca de las murallas. Entré a la taberna de la posada y al parecer mi presencia debió imponer respeto a los parroquianos debido a la máscara que ocultaba mi rostro. Me acerqué al tabernero, quien antes de que hablara me dijo:

-Ya estábamos avisados sobre vuestro viaje, así que os hemos preparado un alojamiento.

Le hizo una seña a uno de los mozos para que saliera a la cuadra a acomodar a mi caballo, y seguí al posadero por las escaleras hasta que llegamos a lo que debía de ser mi cuarto, abrió la puerta y pasó tras de mí. Observé que era todo de madera, e incluía una cama y una bañera con agua caliente.

-Señorita, Frau Ardaerah nos especificó que procuráramos que usted no fuera molestada  durante su estancia en esta localidad, así que le subiremos la cena a su habitación. Ya sabe, medidas de seguridad.

-Bien, gracias por las molestias. Por favor, quisiera que la cena no incluyera vino.

Siempre había tomado esa precaución debido a mi condición de híbrida, pues mi padre ya había tenido que ejecutar a alguno que había cometido locuras bajo su efecto. Al rato una de las muchachas me sirvió la cena, algo asustada. No pude más que echarle una mirada algo tranquilizadora. Me había traído chuletas de cordero y una jarra de agua. Llevé todo al escritorio y cené. Estaba todo delicioso, en su punto. Aquella muchacha volvió para recoger los platos, y le pedí que de mi parte felicitara al cocinero de la taberna.

En cuanto se fue, me quité la máscara. Ya me daba algo de calor.

Me acordé del paquete. Lo puse sobre la cama y lo abrí. En su interior, había un libro (de aventuras, según la portada), y lo que parecía ser mi uniforme. Lo desplegué sobre la cama. Estaba formado por una larga camisa de manga corta con el emblema de la Facción en el pecho, unos pantalones y unas botas de cuero negras, y un verduguillo, esto es, una capucha con una pieza que cubre los hombros, de ese mismo color. También iban unos protectores para los antebrazos y unos guantes de cuero. Lo guardé bajo la cama, y me senté en el escritorio para escribir a quien gentilmente me había dado trabajo.

”Frau Ardaerah,

Le agradezco enormemente sus regalos. El primer tramo del viaje ha ido según lo previsto.

Verdugo.”


Tomé la preocupación de no firmar con mi verdadero nombre, por si interceptaban la carta. Tomé un baño y estuve leyendo en la cama, no sin antes poner mi hacha bajo la cama, hasta que me quedé dormida. A la mañana siguiente, salí pronto de la posada, no sin antes dejarle al tabernero la carta. Él me tenía preparado un paquete con algo de comida para el viaje. Cogí el caballo y salí.

El resto de jornadas fueron más o menos iguales. Llegaba a la posada con la cara cubierta, me acompañaban al cuarto que me tenían reservado (usualmente el mejor del lugar), y me llevaban la cena para que no tuviera que bajar a la taberna.

Al tercer día ya me había acabado el libro, y todas las noches escribía a Frau Ardaerah, hablándole de lo que veía en mi viaje. Alguna noche incluso me aventuré a escribir a Hagen, preguntándole cómo le iba.

<<Hagen:

Dentro de unos días será mi primera ejecución, y desearía que asistieras si tu misión te lo permite.>>


(Esta carta tampoco la firmé, pero él ya sabría quién soy)

Al séptimo día de viaje vislumbré las puertas de Ostaberia. Paré el caballo poco antes de que me vieran los guardias y me coloqué la máscara y una capa que guardaba en las alforjas para pasar desapercibida. Saludé a los guardias, que ya debían estar advertidos de mi presencia, y me escoltaron hasta la posada correspondiente, donde ocurrió el mismo ritual que llevaba viviendo todo el viaje. Salvo porque recibí la visita del alcalde de la prisión donde estaba el condenado, un hombre algo más bajo que yo, calvo, regordete y vestido de forma austera, con una mirada que parecía acostumbrada a leer muchos documentos.  Entró en mi cuarto con aire regio, y nos sentamos en el escritorio. Llevaba varios documentos en la mano, y parecía acostumbrado a tratar con gente como yo.

Me los mostró.

-Son las sentencias de muerte de los que vas a ejecutar estos días. Siento retenerte aquí tanto tiempo, pero es que en esta ciudad hay tanta delincuencia como cucarachas.-separó el primer documento del resto.-Ésta es la sentencia del que va a morir mañana.

Cogí el papel y comencé a leer.

“El pueblo de la Facción Sur condena a Bastian Narr, de 34 años, a muerte por  _________ por el delito de asesinar a una familia. La sentencia deberá cumplirse a las 12 del mediodía en el cadalso de la plaza mayor.”

-¿Ves este espacio?-dijo indicándomelo.- Al ser tu primera ejecución, la Facción te ha otorgado el honor de elegir el método que prefieras. El resto de sentencias te serán comunicadas cuando sea preciso.

-Me gustaría hacerla a hacha, si es posible.-respondí. El hombre anotó aquello en la sentencia.

Ordenó que subieran su cena junto a la mía, excusándose en que sabía que me habría sentido algo sola aquella semana. Me contó que en sus primeros tiempos trabajando en la justicia de la Facción había trabajado de verdugo y que había vivido aquella vida hasta que se casó, y algunas anécdotas de sus actuaciones.

Al fin se fue, y pude observar la ciudad tras la ventana, pues no lo había podido hacer antes por la prisa que habían tenido los escoltas en trasladarme. Era negra, y daba sensación de abandono. Había mendigos por todas partes, alguna prostituta de mala muerte, y hasta creí ver el cadáver de algún animal o algún vómito. Era cierto lo que decían. No me extrañaría que me tuviesen que llamar más veces desde esta ciudad. Volví a escribir a Frau Ardaerah y a Hagen, y fui a dormir.

A la mañana siguiente, unos golpes en la puerta me despertaron. Me puse la máscara (había dormido con la ropa puesta) y cogí el hacha. Eran los mismos soldados que me escoltaron el día anterior, con la orden de llevarme a la prisión, permitiéndome antes colocarme el uniforme que me había regalado Frau Ardaerah. No pude evitar sentirme guapa con él, la verdad.
Si la ciudad era un asco, aquel edificio era una “scheisse”, como se diría en el idioma de mi zona. Era negro, hecho de piedra, con gruesas rejas en las pocas ventanas que había, Los prisioneros estaban aglutinados en las celdas, apestaban y algunos tenían heridas infectadas.

Los guardias me llevaron al despacho del mismo alcalde que fue a visitarme la noche anterior, que me hizo firmar la sentencia, ya que ese papel también servía para eximirme de cualquier culpa y demostrar que había actuado con total legalidad. Firmé con el número de ejecutor que se me había asignado y los guardias me volvieron a escoltar, esta vez al cadalso.

Ya se debía de haber corrido la voz de la ejecución, así que cuando llegué a la plaza, cuadrada y grande, los aldeanos ya la abarrotaban, incluso había algunos subidos en los tejados. La gente calló al verme, y alguno se atrevió a gritar “¡Viva el verdugo del Sur!”, mientras otros se asombraban de que fuera una mujer, pues mis pechos se notaban un poco bajo la camisa o me acariciaban los hombros en señal de ánimo. Por lo visto, el delito había sido muy sonado.

Sobre la tarima reposaba un taco de madera, para la cabeza del condenado, y una horca. Sonaron las campanas de un templo cercano, y se oyeron los pasos del alcalde, del sacerdote y del condenado, escoltado por cuatro guardias que a duras penas podían contener al gentío que le arrojaba desde frutas a cubos de orina y heces. El grupo subió al cadalso. El condenado, un hombre no muy joven, delgado y de pelo castaño, me miró desafiantemente. El alcalde leyó la sentencia, y la gente gritó al oír el tipo de método que iba a utilizar. No pude evitar un pequeño gozo al oírlo, y me costó no alzar el hacha para celebrar.
Cuando éste acabó, el sacerdote se acercó a dar las últimas recomendaciones al reo, y tal como manda la tradición, me agaché para pedirle perdón por lo que iba a hacerle, a lo que simplemente respondió:

-Pero si tú no tienes más remedio que hacerlo…

Los guardias lo colocaron de manera que su cuello estuviera sobre el taco, mientras la gente seguía insultándole. Comenzaba mi tarea, la primer siendo la protagonista de mi propia carrera como verdugo. Le bajé un poco el cuello de la camisa. Le toqué con el hacha, buscando la separación entre las dos vértebras. Alcé mi hacha y la dejé caer, tal y como mi padre me había enseñado usando ovejas muertas. Se oyó el golpe del filo contra la madera y el gentío calló.

Cogí la cabeza por el pelo, y la alcé como un trofeo. La gente ovacionaba y gritaba. Saqué el hacha de la madera y también la alcé. La gente aplaudió. No pude evitar sentirme en el séptimo cielo, casi como si la Madre me acariciara la cara. Recordé a mi padre, que había hecho mil veces antes ese gesto. Le prometí en mi corazón que algún día haría aquello con el hombre que ordenó su muerte junto con la de mis paisanos. Miré a las caras de la gente, y me pareció reconocer el cabello y la barba de mi compañero Hagen en una de aquellas caras, en primera fila… ¿Sería él o un producto de mi imaginación?

Me sentía realmente llena de dicha, a pesar de mi carácter frío. Alcé unas cuantas veces más la cabeza del condenado y me entregaron una pica para que la clavara, ya que la tradición de esa ciudad indicaba que debía llevar la testa de esa forma a la prisión para luego colocarla en los muros. Me encantaba esa sangre que estaba empapando mis botas, me importaba una mierda que estuviesen nuevas. Me volvieron a escoltar portando la pica con la cabeza en mis manos, y la entregué a la llegada. Me llevaron a la capilla por si quería relajarme y rezar a solas antes de volver a la posada. Esa fue mi primera ejecución, la que mejor recordaré pues todavía no he vengado a los míos.


Sí, verdugo de la Facción Austral. Ejecuto gente a un módico precio. Tarifas especiales para el Estado.
Quiero tener el valor para decir adiós, Y el dolor de estar sin ti la piel me quemará.
If Pa killed Ma / Who'd kill Pa? / Marwood.
Selección de frases célebres:
 

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Quest: Mi primer trabajo (Viaje desde el Castillo Negro)
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