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 Cazando inmortales. Batalla en La Franja. [Informativo]

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Ardaerah Ríoghain
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MensajeTema: Cazando inmortales. Batalla en La Franja. [Informativo]   Mar Dic 23, 2014 2:02 pm

Como era habitual, debíamos marchar hacia La Franja para poder tirar hacia atrás y mantener a raya a las criaturas inmortales, antes de que éstas fueran demasiadas y a raíz de ello pudieran adentrarse en nuestras tierras y generar el caos. Para ello, durante varios meses se estuvo formando un grupo de cazadores de inmortales, eran una rama específica del ejército que se dedicaba exclusivamente a la caza de estas criaturas. Aquella mañana, levanté cuando todavía no había salido el sol. El amanecer daba un tono rojizo, que se vislumbraba de una forma maravillosa desde lo alto de la torre en la que me hallaba, dentro de la fortaleza Negra. Desde allí aprecia todo pequeño, diminuto.

Estaba preocupada por lo que pudiera suceder durante nuestra próxima batalla en La Franja. Era necesario llevarla a cabo, y de hecho tenía un pacto con Mitholdir para que nos viéramos obligados a luchar contra esas criaturas cada tanto, a fin de que no nos perjudicara ni a un bando ni a otro. Me pregunté entonces por qué no podríamos llegar a un acuerdo en el que ellos accedieran por fin a la rendición y nos entregaran sus tierras, de modo que nosotros pudiéramos gobernarlas y hacer de Isílnaren por fin un lugar libre y mejor. Paseé por la habitación de la fortaleza en la que me encontraba, aquella que estaba en lo alto de la torre. Allí entre las montañas, resultaba prácticamente imposible realizar un asedio en condiciones, y era por esa razón que la fortaleza podía ser el lugar más seguro del Sur de la Franja.

—Mi señora —dijo una voz grave, al otro lado de la puerta de la habitación—, la tropa aguarda.

Era uno de los guardias de la fortaleza. Guardia y al mismo tiempo una especie de mensajero o notificador, que me hacía saber todo lo que sucedía en la fortaleza, tanto referido a los invitados, como recién llegados, y otras cuestiones de más importancia. Aquel hombre me ayudaba en demasía, pues me quitaba un peso de encima, ya que el trabajo como líder de facción acababa siendo exhausto, tratando de satisfacer a todos y cada uno de los miembros de la facción en todos los asuntos que requirieran mi atención. Pero como tal, tampoco podía asignar muchos ayudantes, era algo una costumbre popular que a día de hoy continuaba llevándose a cabo. Aunque no éramos algo parecido a los antiguos monarcas, teníamos una función única y no debíamos confiar demasiado a la ligera en cualquier miembro de la facción, incluso si éste había nacido en nuestras tierras. Era un asunto muy complejo que preferí apartar de mis pensamientos, aunque hubiera llegado a mí nuevamente.

—Ahora mismo bajo —respondí al guardia.

Momentos antes estaba nerviosa, pero todo nerviosismo o símbolo de mi inquietud se había disipado por completo. Había hecho aquello cientos de veces. Ya era veterana en la caza de inmortales, y el grupo con el que marchaba también estaba instruido para ello. No todos habían peleado en anteriores ocasiones contra los inmortales, sin embargo estaban preparados para ello y en aquel día probarían su valía. Pero por otro lado, me preocupaba que pudiera suceder cualquier imprevisto; lo peor, es que no habría sido la primera vez. En ocasiones el clima nos desfavorecía enormemente y beneficiaba al enemigo, lo cual nos colocaba en una situación más que delicada. Y cuando las cosas se torcían, más de una ocasión se había cobrado muchas vidas.

Bajé las incontables escaleras que había, cruzando después los pasillos de la fortaleza hasta llegar al vestíbulo. Los cuadros gigantescos en honor a los héroes del pasado de nuestra facción, parecían cobrar vida propia, observándonos con orgullo y devoción. Allí estaba el grupo que me acompañaría próximamente en la batalla que llevaríamos a cabo en La Franja. Todos ellos, y ellas también. Estaban armados con el uniforme de guerra propio de los cazadores de inmortales. Cada uno tenía un uniforme distinto, claro, pero siempre tenía detalles de motivos rojizos que demostraban su completa lealtad por nuestra facción. Les sonreí amablemente, y me acerqué. Yo ya estaba vestida, con mi armadura de cuero y hierro, y la cota de malla cubriéndome la piel. Arco sobre mi espada y unas cuantas flechas, que no eran pocas, tanto en la espalda como a cada lateral de mi cintura. Era diestra con el arco, por tanto tenía una especial agilidad a la hora de tomar una flecha y dispararla.

—Me alega que escogieseis el noble camino que supone ser cazador de inmortales. No sois capaces de imaginar cuántas vidas estaréis salvando cada vez que uno de esos seres caiga —hice entonces una pausa, analizándolos. Eran hombres y mujeres esbeltos. Las mujeres tenía una mirada seria y decidida, y solo una se mostraba algo inquieta y preocupada—. Recordad que no debéis tomaros a la ligera este asunto, siendo conscientes de que las criaturas inmortales, después de todo, no son inteligentes. No son únicamente ellos, también La Franja en sí misma es un territorio peligroso, así que nos enfrentaremos a ambos enemigos: Las criaturas, y la propia Franja. Estaré a vuestro lado en todo momento, y si requerís mi ayuda, acudiré en seguida, podéis contar con ello. ¡Por la facción! —grité por último. Fue correspondido por un grito conjunto “Por la facción”, dicho no solo por los cazadores de inmortales, sino también por todos los guardias de la fortaleza que había presentes en aquel momento.

Cuando partimos, saliendo de la fortaleza, elegimos algunos caballos fuertes y sanos para que cargasen con parte de los víveres que consumiríamos durante el trayecto de ida y de vuelta, además de tomar los más ligeros para cabalgar nosotros sobre ellos. La mía era una yegua, Freya, la cual había adiestrado desde su nacimiento, familiarizándola conmigo y haciendo de ella parte de mi propia familia.

Como ya mencioné anteriormente, partimos siendo por la mañana, cuando todavía el sol no había salido. En el momento en que nos alejamos lo suficiente de la fortaleza, dejando atrás las montañas sobre las que se hallaba, el cielo ya se había tornado rojizo. El amanecer estaba ahí, recibiéndonos con esplendor. No pude evitar dejar escapar una sonrisa, que parecieron vislumbrar algunos de los cazadores, siendo ésta contagiosa para ellos. Cabalgamos entonces con más ímpetu y ansias. El viaje al principio fue ligero, y con los días fue volviéndose más tedioso. En cinco días aproximadamente, cabalgando a un ritmo continuo y rápido, llegaríamos hasta la zona de la Franja a la que debíamos ir.

La primera ocasión en la que paramos, fue en una pequeña aldea de la llanura. A nuestro alrededor todo era plano, y había gigantescos terrenos de cultivos. Era una aldea de granjeros, que comerciaba con las ciudades más cercanas vendiendo grano, cereales y leche. Fuimos bien atendidos por un hogareño de la aldea, quien al reconocerme como líder de la facción, y a mis acompañantes como cazadores, nos recibió al instante con la mejor de las amabilidades. Nos ofreció alimentos, pese a que nosotros ya lleváramos nuestros propios víveres. Pasamos la noche hablando con la familia del hogareño, sobre cómo era LA Franja —o por lo menos hablaron aquellos que ya habían pasado por ahí—, además de comentarles sobre el resto del mundo y de la facción. Al fin y al cabo, aquella gente no había salido de la Llanura de Tazardís. Descansamos en una amplia habitación, durmiendo en el suelo sobre algunas mantas que nos dio amablemente el anfitrión.

Los días siguientes, marchamos sin cese alguno, y no volvimos a parar en ninguna aldea. Cuando parábamos a descansar, lo hacíamos en lugares apartados, bosques. Tuvimos algún que otro inconveniente con bandidos que se encontraban cortando el paso. Fue gracioso, debo admitir, pues aquellos al reconocer que proveníamos de la fortaleza de la facción —pues uno de nosotros portaba el estandarte de ésta—, muchos de ellos trataron de huir despavoridos. Al contrario, otros permanecieron y lucharon hasta morir. Tratamos de capturar y matar a aquellos que habían tratado de huir, para que no se asentaran en cualquier otro sitio a asaltar a otros viajeros, que tendrían menor fortuna que nosotros. Pasados los cinco días, pudimos ver ante nosotros el horror y la destrucción que era La Franja. Un lugar devastado por completo, debido a los continuos cambios climáticos locos que se expandían por esa zona, y al mismo tiempo las criaturas inmortales no hacían más que destrozar aquel lugar, con solo su paso lento. Las lentas y pesadas pisadas de las criaturas, ya las delataba, pues la tierra se movía como si de un terremoto se tratase. Una, y otra vez. Era inquietante, y confieso que en ese instante me sentí nerviosa, y lo expresé en mi rostro. Y no solo yo fui consciente de que mi expresión mostraba el espanto, también los pocos que llegaron a ver mi reacción. En seguida, volví a mi semblante serio, y tome con fuerza mi arco, que todavía estaba en mi espalda.

—No tengáis piedad. Matarían a vuestras familias si pudieran —les dije—. ¡Por la facción!

Y tras el grito de guerra, bajamos de nuestras monturas, y las dejamos huir para que no se vieran involucradas en la batalla. Al regreso, tardaríamos mucho más, pero a un paso duro y continuo podríamos llegar en un par de semanas a la fortaleza. Mi yegua correría hasta la ciudad más cercana, y en el futuro pondría un anuncio para que me fuera devuelta, dando a conocer las características propias de ésta. Una vez bajamos de nuestras monturas, cada uno de nosotros extrajimos nuestras armas, y tratando de pasar desapercibidos, nos ocultamos entre los bultos rocosos que conformaban parte de La Franja. Entonces, entre la niebla que oscurecía aquello que era La Franja, vislumbramos dos enormes criaturas. Dimensiones colosales, y un aspecto sucio y desagradable. Parecía que tuviera escamas, cual reptil, pero de tonos oscuros. También parecía que en el caso de tener contacto con su “piel”, ésta fuera brumosa y pegajosa. Tenía forma levemente humanoide, en el punto de que tenía tanto brazos, como piernas, y algo ovalado parecido a una cabeza. Aun así la forma era dismórfica y se desplazaba de un lado a otro con lentitud, dejando caer un extraño líquido negruzco al suelo. Entonces soltó un grito desgarrador, un grito profundo y desagradable. No era de este mundo, o no sonaba como tal.

Uno de los nuestros entró en pánico, empezando a temblar y no pudiendo evitar que sus deposiciones escapasen de su cuerpo. Fue rápidamente identificado, ya que uno de los nuestros rio un momento; me giré hacia aquel que se había mofado de nuestro compatriota, y le dirigí una mirada de desagrado, éste volvió el rostro serio nuevamente. Hice unas señales con las manos, para que mis camaradas se distribuyeran entre las rocas, siempre ocultándose. Pronto empezaríamos el ataque, pero debíamos estar lo suficientemente bien distribuidos como para conseguir distraer ambas criaturas ya atacarlas sin que éstas pudieran tener tiempo alguno de alcanzar a cualquiera de nosotros. Una vez estuve segura, lancé la orden, lo suficientemente alto como para que ellos me escucharan, pero no para que las criaturas lo hicieran.

—¡A por ellos! ¡Por la facción!

Las flechas comenzaron a silbar en el aire, en dirección a las criaturas. Una de mis cazadoras, además de ser una excelente cazadora, tenía conocimientos elementales de voluntad, por lo que hizo uso de ellos para poder encender sus flechas justo antes de dispararlas, así que en el aire se veía una mezcla de gotas negras como flechas, y entre ellas algunas luces que provenían del fuego de las flechas que ésta lanzaba. Ambas criaturas, que como dije anteriormente, eran dos, comenzaron a moverse agitadas, sin saber muy bien hacia dónde dirigirse. Entonces vi lo asombrosamente estúpidas que podían llegar a ser, mirándose mutuamente, si podía decirse que se estaban mirando (ya que realmente no se veía en ellas algo que pudiera llamarse ojos), como si fuera la otra criatura quien estuviera atacando. Aquello me alegró, estaban distraídas, así que continuamos con nuestro ataque. Por lo general, estas criaturas tenían un punto débil concreto. Alguna parte en su cuerpo que era más blanda y daba con la “esencia” de ellas. No tardamos en encontrarlo, pues por fortuna ambas criaturas eran semejantes, y tenían una pequeña obertura circular en el lugar que para un humano sería el ombligo. Pero al parecer, esa obertura circular, se abría y cerraba continuamente; Había que disparar justo en el momento en el que estuviera abierto. Esperé que ese de verdad fuera su punto débil, y escondida entre las rocas, apunté con precisión. Esperé, aguardé unos segundos más, mientras escuchaba los gritos ahogados de dos de mis acompañantes. Aquello me descentró, por lo que esperé unos segundos más. Cuando vi que el agujero se abría nuevamente, disparé mi flecha, justo en esa dirección, sin dudarlo precisa. Se asestó sobre la extraña piel de la criatura, penetrando en la obertura, y la criatura mostró un enorme disgusto, soltando nuevamente un grito desgarrador. Casi pareció que caería.

Hice una señal y grité a voces altas que disparasen a esos puntos, que se subieran sobre ellas si hacía falta, para tener mayor precisión. Me asintieron y trataron de subir en las extremidades, siguiendo mi consejo. Yo corrí hacia las piernas de una de esas criaturas, y desde allí abajo vi como una había atrapado a la cazadora conocedora del uso de la voluntad. La agitó repetidas veces, y pude comprobar cómo después de agitarla, ésta, había perdido la consciencia. Segundos después, la lanzó contra el suelo con fuerza, y vi cómo salpicó su sangre sobre el suelo. Alejé la vista, tratando de permanecer impasible. Corrí hacia la pierna nuevamente, de la criatura, y empecé a escalarla como pude. La criatura trató de atraparme, pero no lo consiguió, ya que traté de pegarme todo lo que pude a su apestosa piel. Emitía un hedor muy desagradable, que llegó a provocarme en cierto momento arcadas. Utilicé dos flechas de hierro entero para escalar la blanda y apestosa piel del ser, hasta llegar a su cintura. Una vez allí, até una cuerda ligera a las dos flechas que dejé clavadas sobre su piel. Tras hacer aquello, tomé mi arco y empecé a disparar hacia su obertura cada vez que éste se abría. Mientras, observaba cada tanto cómo iban el resto de los cazadores. Vislumbré dos habían caído, muy probablemente por haber sido embestidos por cualquiera de las dos criaturas. Sus golpes eran letales. Continué disparando de forma permanente a la obertura de la criatura sobre la que me estaba sosteniendo, y vi como otras flechas que no eran mías se dirigían a la misma parte. Eran dos cazadores que disparaban al mismo tiempo de forma continua. Sonreí, la criatura empezó a tambalearse, y empezó a precipitarse hacia el suelo. Los cazadores se alejaron cuanto pudieron para evitar que ésta los alcanzara al caer. Cuando cayó, me tambaleé pero no llegué a ceder, sostenida firmemente a las flechas de hierro que continuaban clavadas en la piel de la criatura. Una vez estuvo unos segundos recostada sobre la superficie, empezó a convertirse en algo parecido a cenizas; un polvo oscuro.

Los otros cazadores ya estaban acabando con la otra criatura, disparando a la obertura que había en la parte media de la criatura, la cual se tambaleaba y soltaba gritos desagradables. Corrí hacia donde estaban el resto de cazadores, y los acompañé disparando multitud de flechas al objetivo que compartíamos todos. La criatura cedió, y al igual que la anterior, se precipitó, convirtiéndose en aquel polvo. Miré a mi alrededor, vi que éramos muchos menos. Cuatro, de veinte que habíamos marchado hasta allí. Las gotas comenzaron a caer del cielo, haciéndose más frecuentes con el paso de los segundos. Volví la vista hacia mis espaldas, y pude observar como un gigantesco tornado se aventuraba en nuestras proximidades.

—Debemos irnos, ya —dije secamente.

—Pero, los caídos —me replicó uno de los cazadores, un hombre grande y de tez oscura.

—No podemos recogerlos. Han luchado con valía y lo haré saber a la facción, pero no podemos quedarnos aquí. Sabéis qué sucede cuando la Franja se vuelve turbulenta.

El hombre asintió, y dimos media vuelta, tratando de escapar de La Franja. Por un momento dudamos sobre a en qué dirección estaba nuestra Facción. En cuanto pude vislumbrar los altísimos montes nevados del Norte, negué con la cabeza y me gira hacia mis espaldas. Corrí, todo cuanto pude, y mis cuatro acompañantes, los cazadores que habían logrado permanecer con vida, corrieron detrás de mí. El estandarte de la facción se había perdido, mezclado con la sangre de su portador. Dirección a la fortaleza, comunicaríamos lo sucedido. Aquellas dos criaturas eran las que más cerca estaban de nuestro territorio; de no haber sufrido tantas bajas, habríamos buscado más para acabar con ellas, pero habiendo quedado tan pocos y viendo que la Franja comenzaba a alterarse, preferí la retirada.
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